miércoles, 15 de septiembre de 2010

CAPÍTULO 21. RESUCITANDO

Me siento levitar, me duele el pecho, podría decirse que mi alma regresa a mi cuerpo sin puerta alguna, a base de golpe...
Mis ojos cual membrana de batracio, me hacen ver borroso.
Miro mis brazos amoratados y conectados a máquinas diversas.
¿Qué está ocurriendo?
¿Qué pasa?, grito sin obtener respuesta.
Estoy sólo y demasiado medicado para moverme, mi cuerpo entra en trance de nuevo...me vuelvo a mi profundidad.

viernes, 23 de abril de 2010

CAPÍTULO 20. DESVANECIÉNDOME.

Creo que era demasiada información, demasiado tiempo forzando mi mente, hasta que no pude aguantar más y comencé a sentir como se nublaba mi vista, como comenzaban las cosas a moverse y girar a mi alrededor.
De repente...comencé a dirigir mi mirada hacia arriba, cada vez veía más parte de la pared superior, más parte del techo.
No miraba hacia arriba estaba cayendo sin percibirlo.
Golpee mi cabeza contra el suelo en mi caída y solo recuerdo un resonar profundo y vibrante dentro de mi cabeza, entré en un profundo sueño en el que aún me encuentro, caí en las profundidades del mar de la incomprensión, en el abismo de las palabras que buscan salida y soluciones, lo mas profundo de mi mente divagando de un lado a otro por mi cabeza, por mi mar, acabó mi historia pensé, acabó mi aventura de descubrimiento, no se si podré salir, lucho por ello en mi mundo de agua revuelta, me agoto y me dejo vencer por el cansancio, duermo.
Un estrepitoso ruido retumba en mi pecho, ¿qué es esto?, me pregunto, ¿qué ocurre por la superficie?, miro hacia arriba y puedo ver desde la oscuridad la luz del sol atravesando pocos metros, mucha distancia por encima de mi cabeza.
Dejadme descansar, dejadme en paz, me ahogo, pero estoy a gusto, me siento bien y lo hago propio, será mi mar, será mi refugio, pues no tengo, serán mis profundidades, serán las profundidades del mar de la incomprensión.

martes, 23 de marzo de 2010

CAPÍTULO 19. MI IDENTIDAD.

Efectivamente no reconocía esos gritos, ni tan siquiera esa voz pidiendo auxilio.

Escuché unos pasos bajando la escalera a toda prisa y voces que le indicaban que se detuviese.


Me empecé a inquietar sin saber que ocurría hasta que por la esquina apareció huyendo mi supuesto conocido.


Conforme se aproximaba, mi mente únicamente intentaba encontrar la explicación de porque tenía que conocerle, sonarme o tratarle...¡¡¡si parecía loco!!!...¡¡¡esto parece un psiquiátrico!!!.


Se dirigió hacia mi velozmente perseguido por dos celadores, como si yo pudiera ayudarle.


Agarró las mangas de mi camisa y tiro de ellas mientras me miraba solicitando compasión.


¿Me conoces?, pregunté.


SI!!!!!...TE CONOZCO!!!!!, gritó.


TU A MI TAMBIÉN!!!!!!...continuó alzando la voz hasta que fue reducido en el suelo por los celadores.


¿De qué podría conocerlo yo?.


¿A caso yo era un enfermo?.


No me lo pareció cuando entré.


Nadie me trató de una manera diferente a algún mal conocido.


¿Dónde has estado?, se interesó...


Yo seguía atónito frente a aquellas palabras y aquella persona.


¡¡¡¡ESTOY ASÍ POR TU CULPA!!!!!...


Comencé a sentirme mal, un sentimiento de culpabilidad me abordó y sin embargo no sentía haber hecho nada malo.


Flashes e imágenes fugaces recorrían mi mente en las que aparecían esta persona, como si ya lo hubiese vivido.


Culpé al cansancio, pero era demasiado evidente.


Comencé a recordar, ese era mi sitio y esa persona conocida, pero aún tenía que descubrir de que parte estaba dentro de esa familia.

sábado, 20 de marzo de 2010

CAPÍTULO 18. ¿MI HOGAR?

Escondo mi secreto en lo más recóndito de mi bosque personal, en dónde nadie se adentra, dónde todos se pierden por su similitud.

Donde mis secretos están a salvo al igual que yo.

No quiero que nadie los conozca para no sentirme indefenso.

Mi bosque infinito y antiguo, lleno de magia y seres extraordinarios de la infancia.

Verdaderos amigos y compañeros leales, rebosantes de honor y valía.

Nada se asemeja aquí a mi rincón de la paz

Nada hecha raíces aquí, ni crece la hierba a sus pies, son caballos de Atila.

Extremos incomprensibles que no saben vivir unidos, que existen paralelamente el uno con el otro, como en diferentes dimensiones.

Llegamos a un edificio que asumo como mi bosque, me hace sentir tranquilidad.

¿Dónde estamos amigo?.

¿No lo reconoces?, me contesta.

Me es familiar y me hace sentir bien dentro de toda esta amargura que me rodea.

De aquí saliste, esta es tu casa, tu hogar, el que un día decidiste abandonar y yo tuve que ir en tu búsqueda pues imaginé que te sentirías perdido y no sabrías regresar.

¿Cómo me conoces tanto?, pregunté sorprendido.

Entremos y lo entenderás...no te asustes por lo que veas, pues todo tiene una explicación.

Subimos la escalera de piedra de acceso al edificio, es un edificio bastante viejo, incluso diría que allá en su azotea podrían divisarse antiguas gárgolas canalizadoras de agua.

Me gusta su apariencia pero dudo que ese sea mi hogar.

Al entrar...una amable señora de bata blanca con una chapa identificativa en la que pone Gladys, me espera con cara sonriente para abrazarme y darme la bienvenida.

Te hemos echado de menos...mira como estas...necesitas un baño...

Parecía una madre regañando a su hijo y reprochándole cosas.

Toda la entradita era similar a un hospital pero con un tono más familiar, ¿sería esa gente mi familia?.

¿Porqué había llegado hasta allí?

Nada podía contestar a mis preguntas pero aún así me sentía cómodo.

De repente un grito...una voz contundente de auxilio y odio se escucha...proviene de la segunda planta...

¿Qué ha sido eso?, pregunto asustado.

No te preocupes...ya empieza otra vez...es el mismo de siempre, parece que no lo conozcas...contestó Gladys.

Esta reacción me indujo a un estado de intranquilidad relativa, pues aún no estando tranquilo no deseaba abandonar aquel lugar, en donde por fin había encontrado algo supuestamente conocido y familiar.

jueves, 18 de marzo de 2010

CAPÍTULO 17. LA NIÑA Y EL MENDIGO. DESCUBRIÉNDOME.

Nos detenemos justo frente a un escaparte de una tienda de zapatos.
Allí reside una persona andrajosa en su vestir y ocultada por un cartón mal escrito en el que se pide una limosna para comer, una niña es su compañía.

Disimulo mi vista hacia el escaparte para evitar toda relación con estas personas que siembran el miedo y la confusión en mí.

No son mas que personas como tu, me comenta mi amigo.

¿Cómo yo?, pregunto asombrado y en un tono dejándole claro nuestras diferencias.

¿A caso te crees mejor?, ¿te ves por encima de ellos en la escala social?.

Pues no sois más que tres personas más en la sociedad, sólo que cada uno tiene su cometido o simplemente sus vidas son diferentes.

¿Has pensado si ellos se sienten menos persona que tu?.

Mírate en ese espejo...mírate en el escaparate.

Sigo los consejos que hasta ahora no me han fallado, de mi consejero.

Dirijo nuevamente mi vista hacia el umbral de la tienda y observo mi reflejo.

Estoy muy demacrado, sucio, y no encuentro por más que busco las ropas que creía que llevaba. No entiendo como he podido salir así de casa, pienso en voz alta.

¿De casa?...¿De qué casa compañero?...

De cual va a ser de la mía, de dónde me encontraba antes de topar contigo.

Mírate bien amigo, sigue reflejándote en el escaparate.

¿No crees que nuestro encuentro ha sido un tanto extraño, o por lo menos diferente?...¿algo poco habitual?...

¿A dónde quieres ir a parar?

La verdad es que mi apariencia es la de un naufrago, la de alguien que se ha perdido en un mundo sin medios ni recursos.

Comienzo a descubrirme a mi mismo, empiezo a sospechar que mi mente me ha traicionado en algún intervalo horario de este largo día o que estoy soñando despierto, pero de sin lugar a duda...no me gusta lo que veo.

El cartón que cubre a la persona pedigüeña se retira y nace tras de el un hombre barbudo de pelo largo y poco cuidado, de higiene abandonada y de fragancia a vino barato de supermercado.

Se aproxima hacia mi arrastrando sus negros y sucios pies, caminando lentamente de medio lado.

Al llegar ante mi y ofreciéndome su cazo en el que sólo hay unos céntimos, me invita a cogerlos diciéndome: "toma lo poco que tengo...seguro que a ti te hace mas falta que a mi", ante la mirada atónita e incomprendida de la niña.

¿Tan mal me ha visto esta persona?, me pregunto.

Eso parece, oigo a mi acompañante.

Desilusionado y total e insólitamente descuadrado, tomo esas pertenencias de esta generosa persona y le doy las gracias, sin raciocinio alguno de porque lo hago.

No se si por escapar de esa situación, si por agradecimiento o por que verdaderamente me siento necesitado de algo, de cualquier cosa...aceptaría lo que fuese por recibir alguna forma de acercamiento, comprensión o afecto.

En este momento he hallado algo que no reconoceré ante nadie, que será mi secreto personal.

Silencio mi voz, mis ojos y mi pecho, con un...continuemos adelante.

sábado, 13 de marzo de 2010

CAPÍTULO 16. PARANDO EL MUNDO.

Estoy cansado de andar amigo, la lengua roza este sucio suelo y la llevo áspera como la de un gato.
¿Quieres que vayamos más despacio?

No, lo que quiero es parar. Quiero quedarme quieto y detener mi mundo ya que no puedo congelar lo que me rodea.

Paralizarme a mi mismo y pensar, sólo meditar en lo que hago, en lo que he hecho, si me siento bien conmigo mismo, si me encuentro sólo o me sobra gente, pensar en la felicidad y lo que representa, en la rapidez con la que se pasa la vida y a la vez tan despacio.


Debatirme a mi mismo porque hago cosas que creo que no están bien y porqué las cosas justas nunca son recompensadas.

Porqué gozo de dos personalidades tan distintas y definidas.

Resolver si existe o no camino de salida, si existen atajos o largos recorridos.

Si es lógico lo ilógico.

¿Por qué ansío el sol y cuando me recompensa con su luz y calor, siento frío y rechazo?.

¿Por qué me encanta la oscuridad mientras que ansío el sol?.

¿Por que desear lo que no tengo y repudiar mis pertenencias?.

Gran cantidad de preguntas me quitan el sueño y mi mente no deja de intentar solucionar utopías.

No es bueno parar el mundo si no estás preparado para afrontar verdades.

Todo pasa desapercibido con la velocidad del día a día y la rutina.

Todo pasa de forma melancólica y monótona pero inapreciable.

No se que esperar de la vida. Puede que sea demasiado exigente, puede que demasiado inconformista.

Está hecha de pequeños momentos de todo y grandes de la mayoría.

El tiempo nos da la razón como a los tontos, cuando ya no hay forma de volver atrás. Nos da la razón para crearnos la desesperación de la equivocación y el error cuando ya no hay remedio.

Por eso yo paro mi mundo en el presente. No me gusta mirar atrás. No quiero sentirme necio e intento ilustrarme mi futuro.

Cada día somos más viejos amigo, y no tenemos reversa.

Tampoco aprendemos hasta que la solución es el caos.

Procuro crear mi propia utopía, reflejar mi deseo de lo perfecto y no lo consigo.

Nada hay perfecto si no es para rozar la nebulosa de los sueños.

No entiendo la teoría de la vida y mucho menos la práctica.

No entiendo la creación en sí, el motivo de nuestra existencia.

No entiendo tantas cosas...

¿He de ser yo, ser insignificante, quién tenga en su espalda el peso depresivo de la felicidad común?.

No soy tan importante para interrumpir el curso del mundo de nadie, por eso malgasto el mío.

Mañana me daré cuenta que he desperdiciado mi tiempo, algún día meditaré mi pasado, mi presente y no tendré futuro.

Mañana pensaré en mí por encima de todas las cosas y ya nadie ni nada podrá dañarme.

Mañana mi amiga soledad abandonará el camino que tanto hemos seguido juntos, pues mis pies o los suyos estarán llenos de llagas y se negarán a seguir.

Mañana quizá no despierte, quizá Morfeo me ataque en la noche y gobierne mis sueños, engrilletándome a su mundo.

No se puede controlar todo. No se puede...

Acabo de darme cuenta que mi interior es cobarde, lleno de miedos, mientras que mi apariencia es de guerrero y luchador, es el escudo que protege al parásito.

Siempre a predominado el segundo...¿pudiera ser que no debiera ser así?.

¿Sería posible alcanzar el paraíso siendo un eterno temeroso?.

Creo que te haces demasiadas preguntas, interrumpió mi amigo...creo que a lo mejor sería conveniente no preguntarte tanto porque no tienes la respuesta a todo...creo que pudiera ser mejor vivir más en la ignorancia de lo que lo haces...creo que piensas demasiado, te auto infringes heridas y auto mutilas tu alma...creo que esta vida para ti sería mejor sumido en la ignorancia y la cotidianiedad.

Esto hizo bajar mi vista a mis manos, revisé mis cicatrices y recordé las que me aportó la vida y tenía por el resto del cuerpo. Me dí cuenta que mis tatuajes no eran sino cicatrices auto impuestas que me recordarían siempre por el resto de mis días mis equivocaciones, que me hacen presente mi castigo.

Me dí cuenta porque hace tiempo lo observé hacer lo mismo a él...

CAPÍTULO 15. MI CAMPO DE FLORES.

Los edificios se crecen a nuestro alrededor, rodeados de intimidantes gigantes de piedra. Lenguas de asfalto entre ellos repletos de esputos mecanizados quitándose el espacio.
Verdaderos hormigueros de pequeños e insignificantes insectos para ellos.

Multiplicaremos nuestras patas para correr más, evolucionaremos nuestros cuerpos, para ir más rápido, más veloces, para ver menos, para en ningún momento parar y pensar.

Supuestos animales sociales y racionales, luchando por su propia subsistencia, obligados a obligar y apartando mientras son apartados...aplastando mientras son aplastados.

Solo el más fuerte sobrevive, utilizando al débil.

Cadena de montaje compuesta por piezas vivas de mente corrompida y confundida.

Verdaderos enjambres de abejas de aguijones afilados dispuestas a atacar, aunque les cueste la muerte.

Cuídate amigo...

Llevo el antídoto a ese veneno en mis venas, en mi sangre, soy inmune.

Podría ser el apicultor de estos seres, pero ya lo fui y no quiero volver a modificar sus vidas.

No quiero volver a robar su miel, a hurgar en sus casas, a ser un intruso en sus vidas.

Los dejaré libres en estos sus campos de flores, que ellos ven bellos.

No volveré a intentar ser una abeja, amigo, tengo mi propia naturaleza.

El oso siempre vive en osera aunque se sienta atraído por los panales, su intención no es otra que la apropiación indebida por la subsistencia, por existir.

El sol no se pone nunca en este imperio lleno de sombras.

Oscuridad en estado puro y decadencia de las mentes frágiles.

Estos bosques de piedra no dejan que entre la luz y no crece la hierba ni las flores en ellos. Harán que las abejas emigren, se vayan a lugares donde los campos de flores sean fructíferos.

Los osos irán tras las abejas y el bosque quedará fantasma, únicamente habitado por zombies hambrientos de carne fresca.

Sus carnes putrefactas no serán apetitosas y se trasladarán tras cualquier ser vivo allá en sus campos de flores.

Los localizarán, los someterán, los devorarán y transformarán su entorno en otro bosque fantasma...así, hasta que no haya lugar donde esconderse ni donde sobrevivir.

Estamos predestinados a ser zombies, es nuestra evolución...

Quizá lo más inteligente sea contagiarse, convertirse en un muerto viviente, para así evitar la larga y dura etapa de la persecución y muerte, pero siempre habrá algún insurrecto, que prefiera morir luchando por evitarlo, porque sabe lo que quiere, porque sólo quiere su campo de flores.

CAPÍTULO 14. REFLEXIÓN EN EL EXTERIOR. MIS TESOROS.

Mientras camino por la calle, voy observando las cosas pequeñas que da la vida, las menudeces que me hacen sentir bien, aquello tan ínfimo que otros pierden sin notarlo, sin percatarse en el tiempo y a lo que posteriormente no se le da importancia.
Minúsculos tesoros que me hago propios, pues nadie agradece que se los devuelvas, porque la mayoría no son extraviados sino abandonados.

Para mi son los más importantes, aquellos insignificantes gestos, comentarios robados o inconscientes.

Observo a quien me acompaña, también es un tesorero de detalles y los lleva todos consigo.

Pienso que hago bien, que hay que darle mayor valor a las cosas diminutas, pues son más fáciles de perder en unos bolsillos grandes y hoy en día todo el mundo admira lo expansivo, lo desmesurado.

Ansían no tener que fijar la vista cuando miran sus manos, ni tampoco tener que hacer recuento y unir piezas.

Todo se quiere fácil y se desmejora la satisfacción de lo conseguido con esfuerzo.

El afán de la simplicidad y el mínimo esfuerzo hacen que se endurezca y empiedre el camino que seguimos, teniendo que buscar algo más transitable, produciendo cambios irreparables.

Sigo recogiendo vuestros besos, vuestras miradas, vuestras caricias, vuestros gestos, vuestros detalles de afecto, que repartís por la vida de manera gratuita a quien os lo pide, simulando gratitud y simpatía.

Son vuestras posesiones, mis hallazgos, los que tasáis como gratuitos por el simple hecho de haber nacido con esos dones.

La naturaleza es sabia y nos dota de lo necesario para ser felices, nosotros y nuestro egoísmo somos los que nos empeñamos en destrozar esa felicidad, con la errónea idea de alcanzar un grado máximo si conseguimos el nivel más alto.

Sigo admirando a mi caminante amigo, el recolector de sueños descuidados, de valores desestimados, recargando su nivel espiritual, enriqueciéndose así mismo con lo que otros deshechan.

Sigo contemplándolo y me siento bien en su compañía.

Caminamos por la calle incrementando nuestra sonrisa desaparecida, olvidada y en su día desestimada.

Somos afortunados por haber encontrado y recuperado una de nuestras pequeñas particularidades, que conservaremos como oro en paño, para no volver a hacerla desvanecer, para no volver a abandonarla.

miércoles, 10 de marzo de 2010

CAPÍTULO 13. LA CALLE DEL ODIO

Salimos a la calle intentando auxiliarnos de vida, exiliarnos de oscuridad, respirar el aire puro, ver la luz del día, ¿y que nos encontramos?...gente, la calle repleta de seres y vehículos, empujándose los unos a los otros, a toda prisa, personas de todos tipos luchando por llegar los primeros a diferentes metas, diferentes destinos, pero con la ansia de la competición.
El ruido se hace prioritario, hay coches que pitan, gente que grita, seres invisibles e ignorados, tumulto de lenguas que actúan con simultaniedad.

Comienzo a respirar muy rápido, miro hacia los lados como esperando algo.

Saber que me puede venir.

No me gusta tanta "sociedad" acumulada.

Mi corazón acelera el ritmo y mi vista se nubla por momentos.

Creo que voy a caer al suelo, pero entonces pienso que sería pisoteado como haría una manada de elefantes con un ratón de campo que se cruzase en su camino.

Mi cara cambia de expresión de una manera extrema.

El odio fomenta mi ser, el combustible de la mejor máquina del mundo.

El rencor y la venganza estandarte de mi ejército.

Capitaneando a la muerte y al dolor.

Las llagas de mis manos, trofeos de la empuñadura de mi espada.

Cortando cuellos por doquier, que rueden cabezas.

La batalla caldea mi mente y mi furia se incrementa por momentos.

El odio de mis ojos atravesando enemigos.

Sus imágenes de sufrimiento recreando mi cabeza.

La tierra se empaña de un color rojizo, los ríos corren púrpura.

Los árboles recobran vida, la vida que en su día les quitaron.

Sus copas repletas de posiciones avanzadas.

Guerreros voladores de rama en rama.

Mi armadura pesa y no quiero luchar así, para no acabar muerto.

Necesito libertad de movimientos.

Hacer ligeras mis armas.

No necesito comer si me nutro de vuestras almas.

Las puedo ver flotando perdidas por el campo de batalla.

Buscando cuerpos sin vida en los que poder subsistir.

¡Pasad a formar parte del todo y dejad de combatir!.

Una legión de muertos a mis pies, soy el todopoderoso solitario.

Hincando sus huesos en el barro a cada paso.

Ningún dios merece mi respeto salvo yo mismo.

Infundiendo el miedo y el odio con quien me cruzo.

Quiero que me des muerte, tu mi siervo, mi aprendiz.

No ocurrirá hasta que estés preparado.

No me dejaré vencer hasta entonces.

Mil traiciones de mis arqueros, mil, y seguiré caminando entre los muertos con mi cuerpo atravesado por mil flechas.

Soy inmortal, nadie puede derrotarme.

Soy inmortal mientras mi legado persista en el tiempo, mientras tu mente esté conmigo.

Llenaré las catacumbas de mi ciudad de los deseos de olvido.

Cargaré sus entrañas de una laguna eterna.

Sus muros serán pilas de cuerpos enemigos y los sujetaré con la fuerza de mis brazos.

Puedo saborear la sangre que corre por mi cara, mezclada con el sudor de mi cansancio.

Gotas que se introducen en mis ojos, transformando mi visión y esta, mi mente.

El elegido de la muchedumbre que trasmite sus gritos en el viento.

Poderoso guerrero sin sombra ni resplandor.

Hundí mis dedos entre mis costillas para probar si sentía algo.

Las cuencas de mis ojos comienzan a retraerse y cada vez mis rasgos son más parecidos a un cadáver.

El sueño cada vez más lejano, y tú que lo acompañas, te pierdo en el horizonte, perdiendo la guerra, perdiendo a mi sueño, perdiéndolo todo.


Vas muy callado amigo mío, y te noto nervioso, ¿ocurre algo?.

¿Perdona?, contesté...no te iba escuchando...

Démonos prisa, que aún nos queda caminata, me respondió.

Si como no...eso era lo que iba pensando...démonos prisa amigo...

sábado, 6 de marzo de 2010

CAPÍTULO 12. LA SOLEDAD

He decidido abandonar este subsuelo, es como un espiral sin sentido y sin meta alguna.

No voy a comenzar de nuevo, amigo, me voy al exterior, salir de aquí donde ya me falta el aire.
Siempre pasa algo para que abandones, siempre una excusa, a mi no me vas a abandonar compañero, voy al mismo sitio que tú.
Tu haz lo que quieras, estoy derrotado, me abandono ante cualquier cosa ya.
Bien...bajemos pues...
No me apetece mucho que este desconocido tan persistente quiera acompañarme, que no haya forma de desacerme de él.
Caminando hasta la salida, comienzo a pensar en mis cosas, vuelvo a entrar en mi mundo, quisiera estar sólo, y hartarme de soledad.
Traslado mi mente a mi rincón de tranquilidad y seguridad, estoy agusto.
Me encantaba encender una vela y pasar las horas muertas observando su luz, su llama, hasta el momento en el que la visión se vuelve doble y borrosa y el cerebro comienza su función.
Recreo esa vela en mi mente, me traslado a mi infancia, un vacío helado recorre mi cuerpo.
Mil estalactitas de hielo se clavan en mi corazón, en mi alma.
La oscuridad inmensa en un desierto congelado de viento feroz y frío.
Me siento sólo pero me siento bien. Aquí tengo mi oasis donde nada le falta a mi espíritu y dónde nadie es capaz de llegar, nadie está dispuesto a tanto sufrimiento para alcanzarme.
No me quito de la cabeza su cara, su mirada, quisiera invitarla a mi paraíso pero seguramente no quisiera entrar en ese laberinto de dolor y no creo que fuese adecuado.
Por una parte, me gustaría encontrar alguien con quien compartir lo que encierra mi fortaleza, pero no creo que nunca exista alguien tan puro y sacrificado.
¿Podría existir alguien como yo?
Yo si me arriesgaría a perder la vida sufriendo sus males.
Me siento sólo pero es así como debo estar hasta el fin de mis días.
Ya sabes lo que pasaría si dejas entrar a alguien en tu ciudad de cristal helado.
Estudiará los puntos débiles para pasar y dejar pasar, te verás colapsado de demonios y tendrás que luchar a muerte o dejarte sucumbir.

Aprenderá lo que no sabe y te tendrá en su mano para dañarte.
Tu edén se destruirá, será transformado en ruinas y tendrás que empezar de nuevo.
¿Aún no estás harto de los principios, de los incios?.
Pero es que me siento tan sólo...
Alguien me dijo una vez, que alejaba a las personas de mi, que no dejaba a nadie acercarse, que era mi coraza para protegerme.
Puede ser que sea verdad, puede que tuviera una visión de profundidad con respecto a mi, puede ser que estuviera luchando en mi desierto para llegar a mi oasis.
¿Será tan fría como la soledad?.
¿Sería diferente?.
La inmensidad de mi ceguera hace que no pueda ver lo que tengo delante, hace que me sienta sólo, rodeado de seres.
La inmensidad de mis sentidos hacen que no se me escape nada, que todo lo perciba.
¿Por qué me siento tan sólo?.
¿Realmente estoy como me siento?.
Empiezo a pensar que el problema es mío, inconformismo en estado puro.
La gente como yo estamos destinados a ser solitarios.
Las personas como yo estamos predestinados por nosotros mismos.
Su mirada perdida me entusiasma, su mirada de metal, de infinito, de totalidad extrema.
Su cara me fascina, su piel, su belleza, de nieve, de manantial subterráneo, de profundidad de océano.
Su pelo me envuelve en un abismo sensorial, en la nebulosa de los sueños y los deseos.
En su comprensión sin espinas me refugio cuando estoy fuera de mis murallas.
De su sabiduría bebo y adoro sus palabras como si fueran las mías.
No te escondas, tras la esquina, quiero verte en tu totalidad, quiero ver cuan bella eres.
No te sientas sola, para eso estoy yo, para sentirlo por los dos.
Apago mi llama, la luz que me guía, mi vela y vuelvo a mi...
¿Dónde vamos amigo?...

CAPÍTULO 11. EL FIN DEL TRAYECTO (RESOLUCIÓN)

Sigo igual, de la misma manera, haciendo lo mismo pero recorriendo el camino andado, a contracorriente.
Cada vez es más difícil esquivar los coches que vienen de frente, cada vez es más complicado y por un momento me da la impresión que voluntariamente lanzan sus vehículos contra el mío.
Empiezo a pensar que es una caza del animal libre. Todos con armas y yo sólo corro.
Viene uno de frente, a mi misma velocidad, con las mismas intenciones y vehículo similar.
No va a girar, no va a apartarse, lo intuyo.
Estamos a escasos metros del impacto y seguimos en la misma trayectoria.
Sujeto el volante con fuerza, viendo lo que se me avecina, no me importa, voy a quebrar mis brazos o mejor aún me quedaré con el volante en las manos. Lo arrancaré, pero la dirección no la cambio.
Las piernas comienzan a estirarse como sometidas a presión, como esperando el golpe que las parta por su mitad.
Ya puedo distinguir su matrícula, puedo ver los números y las letras. Veo borrosamente, incluso la cara del conductor, la única persona que he visto en toda esta historia.
A través del parabrisas observo, quiero ver su cara antes que se dirima este empate.
Estamos chocando, a cámara lenta me percato del inicio del golpe, como mi capó comienza a arrugarse sobre mí, el salpicadero empieza a precipitarse hacia la dirección contraria que llevo y el volante se hunde en mi estómago y mi pecho como una maza descomunal.
Puedo sentir el crujir de mis costillas y mi cabeza golpear hacia delante no se bien con qué.
Aprovecho la inercia que me impulsa nuevamente hacia atrás para mirar el estado de la otra persona, quiero ver si sufre como yo.
Se encuentra quieto y tranquilo, observándome, como si el no hubiese sufrido golpe alguno, nada ha influido en el.
Le miro a los ojos resultándome familiar, son los mismo ojos que me observan a través del espejo cada mañana. Soy yo.
La inercia de una nueva frenada me hace volver a la consciencia, estoy aquí, todavía estoy aquí, nada ha pasado, despierto en el mismo asiento del mismo vagón y con la misma gente.
¿Qué tal amigo?...¿menuda cabezadita?...te has quedado dormido.
Todo ha sido un sueño y yo me he pasado mi ansiada parada.

viernes, 5 de marzo de 2010

CAPÍTULO 10 EL FIN DEL TRAYECTO (PARTE 2)

Las cosas pasan a toda mecha por mis lados. La lejanía se vislumbra tras de mi.

Una calle cortada y tengo que pensar que hago porque no voy a parar, piensa, piensa, piensa rápido, tan rápido como el coche que llevas.

Agarro la palanca del freno de mano y giro el volante un cuarto de vuelta, con un movimiento rápido de pies y su parte trasera derrapa y se gira, me encuentro cara a un callejón que me da la libertad de continuar.

Veo una señal que indica autovía, iré hacia allí, voy a poner esta máquina al máximo y veremos quien puede más.

Me encuentro en un momento suicida y de asesinato a la razón, pero sorprendentemente, aunque veo obstáculos incluso en movimiento, no hay personas.

Entro en la autovía, cuanto espacio, todo para mí, las luces se dispersan, no se si es de noche o de día, he perdido la noción del tiempo y no me importa, mientras tenga el espacio y la velocidad, hallaré el tiempo.

Me siento libre total y plenamente, todo es mío, porque sólo me tengo a mí.

La aguja del cuentakilómetros señala al máximo, los ojos achinados sin ni siquiera correr aire en el interior del vehículo totalmente hermético y una tensión en el cuello impresionante.

El nivel de gasolina descendiendo y noto como el capó comienza a estar sometido a demasiadas calorías. He decidido parar cuando reviente el coche. Voy a destrozarlo para que nadie nunca pueda sentirse como yo.
Izquierda y derecha, me da igual mientras no detenga mi avance, quiero ver hasta donde llego.
Adelantando indiscriminadamente, me gusta ver como se quedan atrás, como por delante sólo tengo campo abierto.
A lo lejos se ven vehículos con luces azules, en modo sirena, seguramente es un control.
Quieren pararme pero no se lo voy a permitir.
Me ha costado demasiado conseguir lo que tengo y no lo voy a entregar a la primera de cambio.
Me aproximo a gran velocidad, no hay nadie salvo los vehículos que me cortan el paso.
No podré pasar por este camino, pero no aminoro la marcha.
Quedan ya pocos metros para el choque, me daré media vuelta.
Embrago y tiro fuertemente de la palanca del freno de mano, mientras doy un giro total del volante, lo lanzo hacia mi izquierda y lo veo girar.
El coche responde como ha de hacerlo y se posiciona como en el argot se llama vuelta contrabandista.
Rápidamente y sin dar un respiro, pues no quiero bajar la velocidad, acelero de nuevo, de 0 a 100, no está mal, pienso. Voy en dirección contraria al resto del mundo. Tampoco es extraño.

Continuará...

jueves, 4 de marzo de 2010

CAPÍTULO 9. EL FIN DEL TRAYECTO (PARTE 1)

Se oye el chirriar de los frenos de este tren, mi ansiedad me hace salivar en exceso.

Llegué a mi parada, por fin el trayecto había finalizado, intenté despedirme de aquel que había sido mi compañero de viaje tanto tiempo, pero no se encontraba en el vagón.

No le vi levantarse, si quiera moverse, pero no estaba.

Miré entre la gente, pero nada.

Las puertas se abrieron por última vez y bajé de allí. Me dirigí por el largo pasillo que llevaba hasta el torno de salida del eterno túnel.

Una vez en la calle, por fin en la calle, vi un coche aparcado de mala manera cerca de la boca del metro.

Era un Lamborghini Countach del 81, era extraño, ese tipo de vehículo en esa zona.

Tras pensarlo un momento mientras lo observaba, algo me impulsó a probar si su puerta de guillotina se encontraba abierta.

Pues no,...iba a ser mucha casualidad, pensé, y me dirigí nuevamente en dirección de la acera mientras introducía las manos en los bolsillos.

¿Qué es esto?, me pregunté, al encontrar un objeto de sonido metálico en mi bolsillo izquierdo.

Tras extraerlo de una manera de asombro y desconfianza, pues en principio no tenía que llevar nada en ese bolsillo, observé que eran las llaves del vehículo que tenía enfrente.

¿Cómo habían llegado hasta allí?...pero...¿si ese coche no era mío?...¿me las habría puesto allí la persona que me acompañó en todo el viaje?...miles de preguntas me surgieron en un breve espacio de tiempo, pero mientras mi mente se preguntaba a si misma y meditaba sus discrepancias, mi cuerpo había accedido al interior del vehículo, me encontraba sentado a los mandos de aquella veloz máquina.

Podía sentir su potencia de 455 cv a 7000 rpm, sin aún estar arrancado, podía sentir como me hablaba y me incitaba a arrancarlo, a escuchar su corazón, el movimiento de su motor transversal de 12 cilindros en V inclinada a 90 grados, con 5167 de cilindrada.

Su piso de fibra me hacían sentir ligero y sus ruedas como mi mejor calzado.

Su volante fácilmente manejable y suave, intentaba mostrarme la dirección que había de seguir.

Al arrancarlo noté un cosquilleo que me subía de los pies, los cuales me temblaban haciendo tartamudear su voz, un ronroneo propio de un gato macho adulto en plena época de celo.

Dos acelerones en punto muerto y visualizo la subida inmediata de la aguja del cuenta revoluciones, quiero oír su punto en reposo.

El cuentakilómetros marca 295 Km/h, ¿será verdad?, me pregunto casi retándome a mi mismo y a el.

Embrague muy, muy suave y blandito, parecía que se podía traspasar con el pie en un determinado momento.

Su freno todo lo contrario, duro y con poco recorrido.

Y su acelerador de similares características al pedal de embrague, pero de mayor tamaño, como más alargado.

No pude más tras escucharlo rugir.

Metí primera y lo revolucioné, quería ver de que estaba hecho.

Sus ruedas comenzaron a bailar al son de mi música. Podía oler su goma quemándose con el roce del asfalto, rápidamente, levanté el pedal del acelerador, jugué a medio embrague hasta que salí disparado como una bala. Iba subido en un proyectil sin destino concreto.

Revoluciones al máximo, es hora de cambiar de marcha, piso embrague, doble pedal acelerador para suministrar una dosis elevada de gasolina a sus pulmones, de 0 a 100 en 5.2 segundos.

Le ha hecho bien...me pide más y se lo doy, me pongo en quinta en poco, a 220 Km/h, la calle es mía, voy a toda velocidad por una calle llena de semáforos, vehículos y demás señales restrictivas, pero no me importa, hoy no me apetece tener cuidado de nada, ya no me importa nada.

No se si puedo pasar entre esos coches que me obstruyen el paso, pero no freno y finalmente, lo consigo sin rozarlos.

Me sorprendo de las perspectivas que da la velocidad.

Continuará...

viernes, 26 de febrero de 2010

CAPÍTULO 8. UNA BELLA FASCINACIÓN.

No es lo que parece, ya te lo digo...

Un ángel para los católicos, amigo, una ninfa para los deseosos de la magia, una diosa para los antiguos griegos, una sirena para los marinos..., eso es...


¿y para mi?, pregunté.


Para ti, la muerte, la incansable perseguidora, el lecho donde descansarás.


¿La muerte?, ¿a caso voy a morir?.


No, no vas a morir, por lo menos de momento, es tu atracción por ella, tu no ves la muerte como el resto de las personas. No la ves cruel ni con temor.


Para ti es algo hermoso, tu descanso, deseas su abrazo, su tranquilidad en su regazo.


Deseas su paz, su entendimiento, su comprensión, deseas hablar con ella sobre tu lápida, que te indique donde descansarás.


Deseas que te conozca porque deseas conocerla.


Deseas pasar las horas intentando descubrir su cara, mirar bajo sus vestiduras, entre su capucha.


Observar sus ojos, si los tiene, sus manos, si las tiene, tocarla, sobretodo tocarla.


Sentir su huesudo cuerpo, descubrir la belleza que otros detestan.


Hacer que no se sienta evadida ni solitaria, ni temida.


Hacer que no se atemorice ella misma.


Es preciosa amigo, me encanta su todo.


Adoro su forma de desnudar mi mente, de incentivarla, de acertar acertijos, de descubrir lo simple de mi ser y de intentar comprender lo complicado de mi interior.


Mirarla cara a cara con ella al lado.


Ser su apoyo y ella el mío sobre el precipicio de la resolución, de las decisiones.


Sabes que tendrá el final previsto y deseas iniciarlo, prender la mecha.


Sabes que tendrá el final previsto y aún así, quieres morir.


Sería una muerte muy dulce seguro, amigo, pero muerte al fin y al cabo.


¿Que más da compañero, si al final hay que morir?.


Hay dos formas de hacerlo, aceptándolo, queriéndolo y rendiéndote, o bien luchando y agonizando.


Tu estás harto de luchar, ¿crees que sería más fácil rendirte?.


Más cómodo seguro.


¿Serías feliz de esa manera?


Sería feliz mientras lo fuera.


La cuestión es como reducir el tiempo de existencia.


Sigo viéndola preciosa, me gusta la columna que veo através de sus costillas.


Me gusta sus uñas que arañen la tierra donde e de yacer.


Mi tiempo podría dejarlo pasar con ella amigo, regalárselo, darle mi vida.


Siento miedo de algo y me siento indefenso.


No me gusta sentirme así, volver a temer.


No quiero depender de sus decisiones sobre mí.



Déjate de tonterías amigo, olvídate de ella, no es lo más adecuado.



No podría olvidarme, me la he tatuado a fuego en mis tripas.



Pues arráncatelas amigo, arráncatelas, y devóralas hasta que no quede nada, hasta que nada vuelva a ser tu estandarte...

Aún no ha llegado el momento de ser su compañía eterna, deja que continúe su viaje y sólo observa en que estación baja. Si mañana sigues pensando en ella, búscala en su destino.

Lo mismo te sorprendes, le dije, lo mismo no baja, puede ser que espere mi parada.

Veamoslo...contestó.






miércoles, 24 de febrero de 2010

CAPÍTULO 8. REFLEXIÓN

Me estaba aproximando a mi destino, pocas paradas de esta mi vida en el subsuelo, me separaban de mi vuelta a la realidad.

La cruel y asidua existencia.

Abatido y consumido por la verdad conocida intentaría alborozarme en las memorias.

Analizando lo ocurrido hasta ahora, me lamentaba del laberinto de confusión en el que me había adentrado, pero a su vez, me beneficiaba y deleitaba de mi adquisición de erudición, reparando en haber sido instruido en la sabiduría.

Quien entraba, quien salía de este fascinante, oculto y nigromante vagón, eran aparentes personas normales y tras de ellas, maravillosas, extrañas e inimaginables historias que nada hacían elucubrar poder ser vinculadas.

Pronto abandonaré este lugar, claudicaré mi emplazamiento y no se porqué, tu estarás y perdurarás en él, comenté a mi ya viejo amigo de andanzas.

No, contestó, este no es el objetivo de tu propósito.

Aún te quedan paradas que se tornarán largas y duraderas, perdurarán en el tiempo y desequilibrarán tu efectividad.

Sus ojos tornaron de un gris pardo a un verde alga cuando la luz incidió sobre ellos.

Meció la caja de envejecida madera donde guardaba mi interior, mis entrañas, atada con cordeles de esparto fino y resistente.

Desencadenó la ira en mi alma, mi lucha eterna, mis dulces recuerdos y amargas andanzas.

Mis caras convergieron en una, los extremos se unieron cual metal imantado.

Perdí el equilibrio como pazguato acróbata y sufrí las repercusiones de mi grandeza, en fortísima caída libre.

¿Quién podría procurarse y acaparar mi mirada?.

¿Quién hacer de mis sueños, espejismo?.

¿Qué quimera y ofuscación?.

La utopía ideal, la esperada dríada que controla mis impulsos, que los conoce.

Ilustrada y sabia de mi persona.

¿Cómo es posible tal constancia del medio ajeno y campo de siembra de la lejanía?.

Miles de preguntas anegaban mi razón, sorprendiendo mis principios de cordura, mientras quedaba perplejo de la totalidad de su sublimidad.

Perturbado, imprudente e irreflexivo me transformé, cuanto más analizaba, más deseaba conocer.

Mi guerra, mi batalla, mi contienda natural, se estaba convirtiendo en derrota.

Escultural envoltorio con mejor aroma y sabor.

No podía retomar mi espíritu, quería escapar de su cárcel en la que nació preso.

Ya había asimilado su semblanza y la normalidad le había sido inculcada.

Deseaba darme muerte, extinguirme, perecer entre sus hebras, húmedas y mojadas por la lluvia que en la calle, en el exterior, acontecía.

Sus extensos pensamientos y raciocinios conquistaban la grandeza de su espalda, su perfecta simetría y mi incongruencia.

No me hubiese rendido ante nada, ni el mismo Temujín, podía conseguir que me alejara de mi victoria. Yo era el actual Genghis Khan en donde aconsejado por mi predecesora: "tu única compañía, tu sombra".

¿Un simple atrevimiento y se desmorona mi imperio?.

Yo era el único lobo, el exclusivo, el auténtico, el puro.

Esta vez no pude con mi enemigo, sin saber quien era mi contrincante, caí a sus pies, mordí la tierra y llené mi boca de barro.

No puedo rendirme, no me lo perdonaría, y me destruiré.

Clavaré mi espada en mi pecho para evadir el lamento con más dolor.

Quiero que seas tu, poderosa daga, quien corte mi cuello, que mi sangre emane de él y su color se proyecte en tu vestido blanco.

Verte bañada del rojo de mis venas, con tus manos abriendo mi herida.

Ser lo último que mis pupilas vean antes que el cansancio cierre mis párpados.

Estoy muy cansado, agotado, decrépito, extenuado.

El camino del guerrero es muy poco valorado y tedioso.

Hay quien nace predestinado. Conseguir luchando, recaudar batallando...

Quemando viejos recuerdos en cada aldea conquistada.

Asesinando conocidas venganzas con caras desconocidas.

Viviendo a tu espera, esperando vivir.

Por fin algo hermoso, ser de luz en este opaco y sombrío vagón.

Cuentame su historia leal simpatizante. Necesito escucharla para no sucumbir. Cuentame que no es lo que parece, cuentame...

lunes, 22 de febrero de 2010

CAPÍTULO 7. EL FALSO SALVADOR

El tren activó su freno y la inercia hizo que mi cuerpo se balanceara de atrás hacia adelante, movimiento que activó el pulsador de fuga de este hombre.
Su maquinita cayó al suelo y tras el choque contra él de la misma, sólo se escuchaba un clac, clac, repetitivo.
Miré hacia abajo sorprendido, había soltado su herramienta de vida, la prolongación de sus manos, aquello que le ayudaba a seguir adelante.
Después no pude evitar, seguir el sonido repetitivo de la palanca de apertura de las puertas, subiendo y bajando en una mano temblorosa y asustada.
El me miraba con los ojos desorbitados, cargados de terror.
¿Era yo la causa que le producía tal reacción?.
Las puertas no habían comenzado a abrirse cuando este ya intentaba huir del vagón, chocando una y otra vez contra los bordes de las puertas hasta que hubo el suficiente hueco para que saliera a toda velocidad.
Pude ver a través de las ventanas del vagón, como corría despavorido por el andén, mirando hacia atrás.
Podía escuchar incluso el sonido de su frustrada y agónica respiración.
Continué observándole hasta que le perdí de vista.
De repente, alguien toco mi hombro, ¿puedo ayudarle?, preguntó.
Era una señor de unos 44 años, bien vestido, elegante y con buen porte. Parecía educado y respetuoso.
Le noto un poco alterado caballero, dijo.
¿Necesita usted ayuda?, reiteró su pregunta.
No, contesté.
Ipso facto, tenía preparada su siguiente pregunta,¿se da cuenta usted que está asustando a los presentes?.
Miré, sin contestar, efectivamente, estaba dando un espectáculo bochornoso.
Disculpenme, lo siento, fueron las palabras que salieron de mi boca mientras buscaba de nuevo asiento, lejos de todos.
Este educado caballero, se dirigió hacia mi primer conocido, mi compañero de viaje, mi guía en esta historia, y se sentó a su lado.
Pude ver como mi acompañante inicial, el pionero del vagón, se acercó a su oído y susurró unas palabras.
La cara de este señor cambió. Era una cara fanfarrona. De haber conseguido una medalla, una proeza, algo inusual. Y comenzó a mirarme mientras seguía recreándose en el susurro.
Concentré mis oídos y mis sentidos en escuchar el rumor, esa conversación especie de seseo, mil serpientes en sus bocas, sigilosas las palabras.
Una carcajada cambió la figura de su expresión, en ese momento llegábamos a la siguiente estación, se levantó se despidió con un adiós del contador de secretos y con un saludo militar y un tanto burlesco, hizo lo propio conmigo.
Una vez se hubo bajado, no dudé en aproximarme a mi compañero y preguntar por el, por la persona que me había ayudado, me había relajado educadamente y me había devuelto a la percepción real.
¿Que habéis hablado?, ¿que le has susurrado?.
Le he dado las gracias simplemente, por ti y por nosotros que compartimos contigo este vagón.
Se ha sentido agradecido y se ha reído de ti.
¿De mi?, pues a mi no me lo ha parecido.
De ti, si, se ha reído, burlado y mofado.
Sus comentarios sobre la locura que te atañe, y la pena que das a la sociedad, según él, han llegado a ser insultantes y así se lo hice ver.
Quien te ha parecido un salvador no ha sido más que tu verdugo.
¡Mientes!,le auguré, fijando mi alma entera por la ventana, con la intención de descubrir su equivocación.
Tan difícil de creer que decidí seguirle con la mirada por el andén mientras el tren continuaba su marcha.
Se quedaba mirando con intención cordial a quien con él se cruzaba y cuando la otra persona se sentía obligada a saludar para no faltar al respeto, rápidamente y como un gran profesional de reflejos extraordinarios, giraba su cara hacia otro lado, siendo saludado ante su desprecio como si de un ser superior se tratara, para su regocijo posterior.
Decepcionado me dirigí a mi nuevamente amigo: "quien me ha parecido un salvador, no es más que un cruel verdugo".

sábado, 20 de febrero de 2010

CAPÍTULO 6. LA EXTRAÑA REACCIÓN

¿Cuanto faltará para llegar a mi destino?, me pregunté y comencé a obsesionarme con ello.
Estoy cansado de tanta charla, de tanto sermón.
Era una equivocación tras otra...
Me levanté de mi asiento con la intención de ver el cartel que se encontraba en una de las paredes del vagón, en la parte superior y en zona cercana al chico del suelo, en donde se veía dibujada la línea por la que mi tren circulaba y en donde esparciría mis dudas sobre el espacio-tiempo.
Como un radar fui perseguido a lo largo y ancho de todo el vagón por esa anciana, por su mirada.
También me percaté que poco a poco y progresivamente, uno tras otro, todos comenzaron a mirarme, incluso el que tirado en el suelo se hayaba, que no había separado su vista de la maquinita en ningún momento del viaje, como si quisieran saber que iba a hacer, controlar mis movimientos, a donde me dirigía...parecía como si todos estuvieran allí por mí o para mí.
Me sentí bastante intimidado, no consideré que fuese tan extraño, levantarse en pleno trayecto para supervisar o reconsiderar mi destino.
Todos me estaban mirando, siguiéndome con la mirada, girando sus cabezas incluso, cambiando sus posiciones para no perderme de vista.
Comencé a sentir miedo. Miré a mi acompañante que no decía nada. Era el único que miraba para otra parte que no fuera yo. Se observaba las manos, como cuando lo conocí.
¿Qué está pasando ahora?, pregunté a quién pensé que me ayudaría.
No obtuve respuesta. Continuaba fijo en sus manos como si fuesen de oro, las admiraba como si brillasen y las elevaba y movía con movimientos rotatorios.
Lo decidí...me bajaría en la siguiente estación, en cuanto parase el tren y se abriesen las puertas saldría corriendo y creo que incluso me esperaría al siguiente tren o marcharía hacia la superficie, donde la luz es clara y natural y todo parece diferente.
¡Me estoy volviendo loco!, grité.
¡Siéntate y calla!, no escandalices a estas personas, me dijo el que hasta ahora había estado conmigo (todo esto mientras continuaba queriendo cortar el poco aire del interior del vagón con las manos y sin mirarme a la cara).
¡No quiero sentarme!, grite nuevamente y acto seguido retrocedí un paso, al ver que el chico de la maquinita que se encontraba en el suelo se levantó y se dirigió hacia mi.
¿Que quiere este?
Siguió caminando, paró y se giró hacia su derecha. Tan sólo se puso frente a la puerta, creo que iba a bajar en la próxima parada.
Miré a través del cristal de la puerta su reflejo y me impresionó la cara de miedo y espanto que mostraba, dejó de jugar a la maquinita y la sujetaba fuertemente con una mano temblorosa.
Sus ojos se movían de lado a lado rápidamente como convulsionando, su nariz parecía tener corazón, palpitaba muy deprisa a causa de la hiper ventilación.
Estaba controlándome, estaba vigilándome, estaba aún más asustado que yo.

jueves, 18 de febrero de 2010

CAPÍTULO 5. EL HOMBRE DE LA GABARDINA

Intentando asimilar estas últimas palabras, me percato que cuando subió la anciana también debió hacerlo el hombre de la gabardina verde claro, el señor que se encontraba de pie, agarrado a una de las barras que van desde el asiento hasta el techo del vagón, junto a una de las puertas.


Va mirando en dirección de la marcha del tren haciendo caso omiso a lo que le rodea.


Por su pinta, diría que es el típico detective privado o inspector de policía americano de los años 70.


Es un señor grueso, corpulento, moreno de cara ancha y mirada intimidatoria.


¿Cuando ha subido ese?.


Que tipo más raro. Es como salido de otra época, pienso.


Parece una persona extraña, con cara de pocos amigos, y de tampoco tener gana de tenerlos.


Me lo imaginaba abriéndose una de las solapas de la gabardina y enseñándome una pistola, con la intención de dejar claro quien manda y facilitar la participación por mi parte en mi propia confesión de culpabilidad.


Tanto lo pensé, que incluso miré hacia su cintura, intentando localizar un hueco a través de la gabardina, para poder ver su cinturón y localizar una placa de auténtico policía.


Me auto convencí de su historia creada en mi mente, hasta el punto, que no dejaba de recrear diversas situaciones de peligro y múltiples ensayos de actuaciones del maduro y soberbio detective.

Definitivamente, era un tipo duro, un violento y curtido inspector de policía de otra época. Esa época en la que la corrupción policial era la mejor manera de sobrevivir en las calles de New York, Detroit, o alguna de esas ciudades.

Curtido en el trato con la Mafia y coaccionando a los pequeños comerciantes de la zona, así como, a las inválidas fuentes de información, apartadas de la sociedad.

Si, era un tipo duro, muy duro.

¡Ja, ja ,ja!, carcajeo mi maestro.

¡Que historia te has montado!

¿Como sabes lo que estoy pensando?, pregunte sorprendido, enfadado por sentir mi intimidad invadida y a la vez atemorizado.

¿Ya quieres andar tu solo?, cambió de tema.

¿Tan pronto la necesidad de no contar conmigo?, ¿de no necesitarme?.

Un sentimiento de culpa me poseyó, no entendía porqué, pero así fue, volvía a moverme sólo, a individualizar todo, a no dejar opciones ni puertas abiertas, a no contar con nadie, ni con quien me muestra y enseña.

Volví a cerrar la verja de mi recinto, de mi parcela personal, de mi mundo.

¡Aún no es el momento!, ¡todavía no sabes nada!, deja que continúe tu erróneamente infundada historia.

Callé y escuche atentamente, de una manera sumisa después del inevitable error.


Este caballero...continuó...



...Simplemente, no tiene una historia que te pueda interesar detrás, de ahí que aún entrando junto con la anciana, no lo hayas visto.



A ti te ha llamado la atención su aspecto nuevamente, te has montado tu propia película y no has visto más allá.



Es un hombre, que no ha encontrado el amor, vive sólo con su madre en un pequeño piso en el centro y tiene un muy mal gusto en el vestir, obviamente influenciado porque todavía es su madre de avanzada edad y mente anclada en el pasado, quién gobierna su vida y se encarga de su vestuario y de mantenerlo en su estrecho y recto camino, a imagen y semejanza de su fallecido marido, su padre.



Su cara de mal genio, no es más que frustración en estado puro. No es más que un niño mayor y se está dando cuenta de ello.



Pues mi "película", como tu dices, era más emocionante e interesante, le recrimine.



Cierto, lo era...pero no era la realidad, respondió con una subida de cejas y elevación lateral del labio superior.



Me hizo sentir como un iluso, como ignorante y me sentí rebajado por un momento. No estaba a su altura.



Enfadado, decidí ignorarle y no volver a hablar, mientras dediqué mis oídos al monótono sonido que emiten el paso de las ruedas del tren por los raíles. Tras, tras...tras, tras...





CAPÍTULO 4. LA ANCIANA MAESTRA

Tercera estación...esto me recordaba ya a los viacrucis de Semana Santa...
¿Porqué no entra nadie?, pregunto a mi contador de historias, sorprendido por no hayar lo esperado tras la parada del tren.
Espera, no seas impaciente.
Al momento veo aparecer una señora mayor de unos 78 años, vestía un chandal color gris que sobresalía del abrigo color crema que cubría sus ropajes, todo ello aderezado con un sombreo de tela negra.
Su piel arrugada y blanquecina, casi láctea, resaltaban sus pómulos colorados, exceso de maquillaje.
Bajo el sombrero se podía entrever una fina mata de pelo gris que dormía sobre sus hombros.
Sus pies se movían con la lentitud del segundero cuando nos invade la ansiedad, y producían un sonido de roce constante y melódico al ser arrastrados por el suelo del vagón.
Se sentó por la parte media del habitáculo, no sin antes divisar y radiografiar a todo el que en él se encontraba, con gestos de saboreadora de limones amargos.
Las diminutas gafas producían un baile sinfónico en su afilada nariz debido al contínuo resbalar de estas hasta la punta de la que podría ser el órgano primordial de su cara.
Su cabeza gacha forzando la posición de los ojos para poder divisar por encima de las gafas y tal expresión de asco mantenido en el tiempo, la hacían parecer una persona desagradable hacia los demás.
Esta vez, no pude luchar más con mi curiosidad.
¿Y esta señora?, pregunte a mi sabelotodo adivino.
Sin mediar palabra, y en un tono bajo y de misma frecuencia, comenzó su relato.
Hace muchos años atrás, la viejita que ahora ves, fue una gran y preciosa joven, profesora, o como decían antes, maestra de escuela.
Dedicó mucho esfuerzo y sacrificio para poder estudiar, ya que por esos tiempos las cosas no eran fáciles.
Mucho ahínco depositó en lograr ejercer, en ser valorada en su profesión.
Fue una pionera en lo suyo y posteriormente le fue reconocida su labor.
Ayudó a muchas personas, muchos de sus alumnos, y se desvivió por ellos como si de sus hijos se trataran.
Tanta energía empleo en su empeño, que acabó agotada y marchita, como ahora la ves.
Pero es que ahora es una abuela, interrumpí.
No es que esté cansada.
Por supuesto, continuó, ahora ya ha pasado el tiempo, pero en su arrugada cara se puede descifrar su paso por esta vida, como si de un corte en el tronco de un árbol se tratara para el recuento de sus anillos.
La que en su día fue la más joven y bella de las féminas triunfadoras de su época, ahora es una solitaria y olvidada anciana, a la que nadie hace caso, y cuya única obsesión es desprenderse del olor a persona mayor.
Un bañito no estaría mal, adjunté de manera jocosa.
No es cuestión de baños, graciosillo, los bebés huelen a bebés hasta que dejan de serlo, por mucho que los asees o bañes, por mucha colonia que les impregnes.
Las personas tienen su olor, el cuál cambia con nosotros, evoluciona según crecemos o envejecemos.
Normalmente, a nadie le gusta el olor a anciano, es el menos soportable de todos los olores. Eso tiene una sencilla explicación, el siguiente a este, es el putrefacto hedor de la muerte.

Interiormente todos lo llevamos con nosotros y sabemos que algún día nos tiene que llegar y aflorará, y que aunque intentemos camuflarlo con perfumes y fragancias diversas, la muerte tiene una gran olfato detector de almas.
Ella lo sabe y aunque su vida en principio es a tus ojos, mas digna de perderla o de ser premiada con la muerte, para ella es su único valor, todo lo que ha conseguido en la vida ha sido conservarla en definitiva, porque todo lo demás, ya has visto que se pierde.
Ahora sus fuerzas no son las mismas pero si su coraje por seguir adelante, y mientras pueda seguro seguirá intentando luchar o ser más lista que la de la guadaña y aunque la final resolución es clara, se conforma con seguir arañando segundos al ritmo del segundero cuando nos invade la ansiedad.

miércoles, 17 de febrero de 2010

CAPÍTULO 3. EL MUCHACHO DEL COMIC

Una nueva parada y yo vuelvo a la realidad, las puertas vuelven a abrirse, nadie baja, pero una persona más alimenta el vagón.
Es un chico joven, blanco, muy moderno en su vestir, cazadora con capucha, pantalón vaquero negro, zapatillas y un extraño gorro de piel con orejeras y visera. Su look es un tanto informal acompañado de barba de tres días.
En su hombro porta una mochila, entra esquivando al pasajero que se encuentra en el suelo, como si nada, y se sienta en la otra punta del vagón.
No dice nada, sólo introduce su mano derecha en la mochila y extrae de la misma un comic.
Hacía mucho tiempo que no veía un comic y menos en las manos de una persona tan joven.
No pasa un minuto, cuando comienzan a resonar ecos en el vagón de risas enmudecidas, carcajadas amordazadas.
¿Quieres saber de que se ríe?, me pregunto mi extraño acompañante.
Imagino que del comic, de sus historias, debe poner algo gracioso, contesté.
De todas formas ese chico es un tanto extraño, se ríe sólo, sin vergüenza alguna de ser escuchado.
Fíjate lo que acostumbra a hacer cuando estornuda, interrumpió mi esporádico guía.
¿Cuando estornuda?, me pregunté, yo no lo he visto estornudar aún.
Mira, mira...
En ese momento y como si no se resistiera más, el chico comienza a rascarse la nariz y a gesticular, hasta que llega el estornudo,...aaattttccchhííísssssssss....., mete su cara dentro de las páginas del comic, pasa página y continúa riendo.
¿Un poco guarro esta persona, no?, pregunto a mi interlocutor.
¿Te lo parece?, contesta y mira fijamente.
Pues si, me reitero, a mi personalmente me parece esa actitud una guarrería.
¿Qué más ves en él?, continúa como si quisiera llegar a algún sitio.
Lo veo muy feliz, como muy contento y alegre.
¿Dirías que es desdichado?
Pues no lo creo. Es joven, moderno y alegre.
¿Quieres que saber de su historia?
Si, por favor.
Inmerso de nuevo en la nebulosa del pensamiento, mas propia del sueño, comienzo a visionar su vida frente a mi.
Veo un chico tímido que intenta ocultar su rostro, bajo una dejada barba y un gorro de talla extra grande que le tapa la mayor parte de su cabeza.
¿Porqué se tapará tanto la cara?, me cuestiono y envalentonado me levanto para mirarle más de cerca.
¡¡Dios santo!!, tiene la cara completamente desfigurada, hasta el punto que através de una cicatriz, se puede ver parte del maxilar superior.
¿Que le ha ocurrido?, consulto, pobre muchacho.
Es una enfermedad degenerativa y crónica de los tejidos, pero...
¿Porqué te da pena?, si hace un momento que lo veías y considerabas feliz y repleto de vida.
¿Pero es que no me has escuchado?, me reitero exaltado, ¡que no tiene cara!.
¿Y cuál es el problema?...él parece feliz.
¡Yo alucino!, ¿como va a ser feliz así?, está deformado, no puede mirar a nadie.
No te equivoques amigo, él sí puede mirar a la gente de frente, son los demás los que giran la cara y evaden la mirada.
Hay quien no asimila el deterioro físico y otros que simplemente se ven reflejados y exteriorizan frente a sí, su propio interior.
De hecho, él no se tapa porque se averguence de padecer una enfermedad.
Él no se va al final del vagón para pasar desapercibido.
Se va y se oculta para no estar frente a personas como tú.
¿Porqué?...¿Porqué lo juzgo?, pregunto enojado.
¿Y que hace él sino, cuando opta por recluirse sin conocer lo que puedo opinar o mi reacción?.
Él no te juzga a ti, compañero de viaje, no te juzga por que él es el juzgado, es un sentenciado y los sentenciados no pueden juzgar, no tienen esa opción.
Con esto calló, dejó de hablar y enmudeció.
Tampoco escuchaba ya la leve risa del muchacho, ni el estrepitoso ruido de la maquinita del que sentado en el suelo se encontraba.
Quede mudo, sordo y por un momento ciego, y un vacío inmenso se adueñó de mi alma.
Sentí frío y volví a mí.
Un nuevo estornudo me hizo recuperar la consciencia, volver a la realidad.
Miré de nuevo al muchacho y no conseguí volver a verle la cara, puesto que por alguna remota coincidencia, esta era tapada por aquel viejo comic de páginas amarillentas y polvorientas, de picos doblados, que en primera instancia me pareció nuevo.

martes, 16 de febrero de 2010

CAPÍTULO 2. EL PRIMER PASAJERO.

Por fin para este dichoso tren!!!
Hemos llegado a la primera de las infinitas paradas que hará por todo su recorrido.
Se abren las puertas de nuestro vagón. Vaya!!!, podrían querer subirse en otro, que casualidad!!!.
Sube un chaval joven de unos veintipocos años, rasgos orientales, cazadora plumas plata metalizado, zapatillas deportivas y pelo larguito. Entra jugando con una maquinita de esas de videojuegos, sin separar la vista de ella, la cuál se encuentra en el interior de una funda blanca, y no para de emitir ruiditos y sonidos. Acto seguido y sin mediar palabra ni hacer ningún tipo de gesto se tira en el suelo del vagón, todo ello sin dejar de hacer lo que venía haciendo.
Pero si hay asientos por todos lados!!!, me digo a mi mismo. ¿Porqué se tiene que tirar ahí, como un pordiosero?.
Mi extraño acompañante inicial, se levanta de su asiento y se sitúa junto a mi.
¿Quieres que te lo cuente?, me pregunta.
No gracias, ya me imagino, sus padres no le hacen caso, en el colegio no le hacen caso, no tiene amigos, prefiere vivir en un mundo irreal...le dije todo aquello que había visto en televisión y que se me ocurrió.
Algo de razón llevas, pero vuelves a estar equivocado, agregó.
Si, esto empieza a ser habitual contigo, le refunfuñé.
Sin poder dejar de observarlo y sorprendentemente, ya no lo hacía de una manera pobre y acongojada, sino de un modo interesado, le pedí que me contara lo que veía en este chaval.
Mientras susurraba a mi oído, noté como mi mente se nublaba, cada vez más y más, hasta que comencé a fabricar la historia en mi cabeza tal y como me la iba contando.
Me traslade a un pequeño poblado de China, alejado de todo, enmedio de muchísima vegetación, me pareció una selva, en donde los niños semidesnudos jugaban los unos con los otros y las mujeres preparaban la comida, esperando el regreso de los hombres desde los campos de arroz de la zona.
Me llamó muchísimo la atención la juventud de aquellas familias que contaban con un cabeza de familia de una edad...yo calculo que sobre unos 40 años, pero que aparentaba 80, extremadamente envejecido, era el anciano de la familia. Lo que dejaba de manifiesto el alto índice de mortalidad y la escasa calidad de vida.
A lo lejos se veían venir a los hombres después de su duro día de trabajo. Ya estaba anocheciendo y las mujeres esperaban junto con los niños y los ancianos la llegada del resto de la familia, para proceder a la ingesta de los únicos alimentos del día.
Centrando mi vista, me pareció, con otros ropajes y más demacrado, reconocer a este chaval del metro.
Entró en su choza, saludó a su padre, cogió en brazos a su hijo pequeño y se sentó en el suelo, mientras observaba a su mujer poner los últimos granos de arroz en su cuenco.
Era un sitio pobre pero gozaban de mucha felicidad.
Jamás pensé que ese chaval a mi parecer vago y descuidado pudiera ser ese padre de familia que estaba viendo.
Continúe escuchando...como un día los campos de arroz se secaron, la comida escaseo aún más, ya no había alimento y el anciano que siempre había convivido con esta familia, un día decidió adentrarse en la selva y desaparecer. Sin despedirse, ni mirar hacia atrás.
Volví en mi por un instante y pensé que eso sonaba a historia de película china de los años 40 por lo menos. Pero ahí no acababa la historia y nuevamente caí en mi trance personal.
El hombre en su tierra y el chaval en la mía, es decir la misma persona, salía todas las madrugadas mirando al cielo con cara resignada y con la esperanza de volver a casa con algo que echarse a la boca, pero día tras día, nada.
La mujer se quedó sin leche con la que amamantar a su bebé, su hijo, principal alimento del que gozaba, a causa de la mala alimentación.
Su hijo comenzó a enfermar hasta que murió y su madre se fue detrás al no poder soportarlo, y murió de pena, se dejó morir.
El hombre, aquel chaval que jugaba con la máquinita compulsivamente, cambio su trabajo de agricultor por el de sepulturero, y tras todo perdido y mucho sacrificio y explotación, que no te contaré, consiguió llegar ahí donde tu lo ves.
Así finalizó su historia.
Me quedé pensando y me dije...que tiene que ver todo eso con un chaval adicto a los videojuegos.
Su pérdida y su obsesión con la obtención de riqueza, para no rememorar nunca más lo sucedido, conllevó a su deterioro total, su destrucción absoluta.
Esta persona trabaja sin contar las horas, para sumar más ingresos, no duerme, ni descansa, porque no puede, de ahí que juegue compulsivamente con esa máquina, para no pararse a pensar, para no encontrarse sólo, para no creer que desperdicia el tiempo que podría estar aprovechando en el trayecto desde un trabajo a otro. Se siente mejor pensando que está ocupado. No ha aprendido nada.
Y lo de tirarse en el suelo habiendo asientos vacíos, ¿no es una falta de educación?, agregue.
Es una forma de sentirse más cerca de su casa, querido amigo, replicó.

CAPÍTULO 1. EL ENCUENTRO.

Llega el tren, permanezco en el andén, estoy sólo, aún así, no me fío mucho después de haber visto en las noticias toda la locura de las personas, empujando gente a la vía y demás historias aterradoras de lo noticiarios.
Una vez está parado del todo, me acerco lentamente, intentando decidir en que vagón me subo..el que está más cerca de mi, el de al lado que me da mejores vibraciones... dubitativo me encuentro sin darme cuenta subiendo esa pequeña palanca que activa la apertura de puertas, del vagón que tengo enfrente.
Se abren las puertas y accedo, efectivamente, la luz de estos vagones es bastante tenue y son cerrados, solo ves lo que hay en el vagón (no como los más modernos, en los que puedes ver todo el tren). Me encuentro de bruces con un chico, sentado en el asiento frente a mi. Pero si el vagón estaba sólo, pienso. Bueno...!que le vamos a hacer? y tomo asiento.
Algo y no me preguntéis que fue, una sensación extraña, me hace mirar a este chico, es una persona normal, de unos treinta años, muy parecido a mi, físicamente hablando, misma complexión, mismo color de piel, mismo color e incluso corte de pelo, y de ropa muy similar a la que llevo puesta. En todo parecido, excepto en su forma de mirar. Mientras que yo lo miraba de una manera insegura y casi podría decir que cobarde, el lo hacía fijamente, con sus ojos clavados en mi, pero con la mirada perdida en sus propios pensamientos. Me dí cuenta que aunque dirigía sus ojos hacia mi persona, no me estaba viendo, porque estaba inmerso en su mundo, en sus pensamientos, en sus historias.
No pude evitar en momentos sucesivos, observar durante el largo y eterno trayecto (o eso me parecía a mi), entre estación y estación, que estaba haciendo esta persona para matar el tiempo.
Con una hoja de un folio, arrugada y demacrada, en una mano y un bolígrafo en la otra, no paraba de mirarme como si mirase al horizonte y escribir sobre ese papel.
De vez en cuando, se lo guardaba en el bolsillo derecho de su cazadora, cruzaba sus manos y se las observaba.
Llegué a pensar que este chico había consumido algún tipo de droga o que por el contrario, no estaba muy cuerdo.
Algo creo que debió de notar o intuir, cuando en un momento determinado del viaje, me sonrió y me dijo: "no te preocupes...ni estoy drogado, ni estoy loco".
Me quedé algo perplejo, más bien mucho, cuando por mis oídos entraron esas palabras y se mezclaron con mi propio pensamiento, que era el mismo.
La unión de ambas cosas iguales y el choque que produjeron dentro de mi cabeza, me produjo una reacción de sonrisa nerviosa exteriorizada y de pensamiento interno de casualidad.
Tu eres uno más, de todos los que hoy subirán a este vagón. Uno más de los que opinarán así de mi. Uno más de los equivocados, me dijo.
Yo no me atreví a articular palabra, pero pensé: "E aquí Dios padre, ¿quién se piensa este tío que es?".
Entonces volvió a dirigirse hacia mi, diciendo: "Yo no soy el que se lo piensa...tu eres el que me juzgas".
Y yo que no soy muy católico ni practicante, ni creyente, me dije para mi mismo: "pues si que va a ser Dios", "¿y ahora que?, tú que no crees en él, ya la has liado.
Pues sí que la has liado, pensé, para que este venga a hablar contigo...algo gordo has hecho ya.
En una carcajada, cortó mi pensamiento y mi conversación propia conmigo mismo. Que no, hombre que no...no pienses más y observa.

INTRODUCCIÓN

Estos párrafos o escritos, o como se les quiera llamar, digámoslo que me fueron cedidos o heredados.
Al final de esta historia que os voy a narrar, descubriréis como acabaron en mis manos.
Desde aquel día, mi vida, mi pensamiento y mi forma de ver las cosas y las personas cambiaron de una manera radical y positiva.
Acabé con la visión constante e implacable de mi ombligo y comencé sin apenas darme cuenta a observar, profundizar y ver más allá de lo visible.
Es un suceso que llegó a mi vida en el más inesperado momento, cuando más lo necesitaba y cuando veía que todo se entornaba aburrido y gris.
Todo comenzó un día nublado y de lluvia constante. Los días que más me gustaban personalmente, porque todo el mundo se camufla, se esconde u oculta. Porque no se observa la circulación incesante de personas por las calles y la lluvia depura los malos pensamientos y las culpas de las personas.
Todo parecía más tranquilo y relajante de lo habitual.
Tras una llamada de teléfono, soy obligado en cierta manera, a salir de casa, de mi rincón, de mi lugar de paz.
No me apetece, no quiero salir a la calle un día como hoy, y menos coger el coche hasta tan lejos. Seguro que luego llegó y no encuentro aparcamiento, seguro que hay mucho tráfico y me tiro las horas muertas esperando en el coche. Seguro que cuando llegue no podré hacer todo lo que he ido a hacer. Seguro que...
Todo eran escusas para no moverme del sitio.
Finalmente, y obligado por las situación, no tuve más remedio que ponerme en marcha.
Vale, pero iré en Metro (Una razón más para encontrar otras escusas). Ahora tardaré demasiado y llegaré tarde, porque de aquí hasta que llegue allí (frases sin sentido, únicamente para justificar mi pereza).
Una vez hube descartado todas las escusas, considerándolas de menor importancia que la labor que tenía encomendada, no tuve otra salida que seguir adelante.
Me vestí, ¡vamos rápido!, unos vaqueros, una camiseta, el jersey, las botas, buff!!!, que suplicio. Venga la cazadora, la cartera, las llaves, el móvil...vámonos...joder!!!, el dinero suelto para el Metro, sino tendré que cambiar y tardaré más.
Salgo corriendo, bajo la escalera y salgo a la calle, no he cogido paraguas, nunca lo hago, prefiero que me llueva, me siento mejor.
Llego a la estación de Metro totalmente empapado y miro las paradas con resignación, buff!!!, que lejos está...
Una vez en el andén, espero la llegada del tren, uno de los antiguos, de esos que están menos iluminados y de sonido estruendoso y chirriante. Vuelvo a recordar que no me gusta el Metro. No me gusta tanta gente reunida en el mismo sitio, no soporto relacionarme con extraños, aunque para ellos ni exista...
No imaginaba que ese sería el comienzo de mi aventura y descubrimiento.